En las tierras de Pedro Sánchez, donde el sol parece detenerse entre los pastizales y las cadenas de montañas de labSirrra de El Seibo , vive una mujer que es, en sí misma, un archivo vivo de la República.
Paula Peguero Zapata, a quien todos llaman «Sotica», acaba de cruzar el umbral de los 102 años.

No lo hace con la fragilidad de quien se rinde, sino con la rectitud de quien una vez llevó el uniforme del Ejército y el prestigio de la vara de mando.
Ha vivido una vida entre hierro y almidón.

Sotica no solo vio pasar el siglo XX; ella lo patrulló, cuando se desempeñó como alcaldesa pedánea en dos ocasiones.
Su figura era la ley en el ámbito rural.
En aquellos días de rígido almidón y protocolos de acero, le correspondía la tarea de recibir al Generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina en sus incursiones por el Este.
Eran tiempos de un orden que ella hoy evoca con una mezcla de nostalgia y severidad.
Su lealtad no terminó con la caída del régimen, pues en la década de los 70, bajo el sol incandescente de las inauguraciones de Joaquín Balaguer, Sotica volvía a estar presente.
«Él era mi amigo personal», afirma con una seguridad que el tiempo no ha podido erosionar.
Aunque reconoce las sombras de aquella era —»aparecía gente muerta», admite—, defiende al «Doctor» con la convicción de quien prefiere el orden al caos.
«Balaguer no era muy matador», sentencia, comparando aquel pasado con un presente que le resulta ajeno.
La naturaleza le negó la descendencia directa, pero la vida le otorgó la maternidad por elección.
Su vientre se mantuvo silencioso, pero sus manos criaron a tres hijos de su esposo con el mismo rigor y amor con que administraba su jurisdicción.
Hoy, esa misma entereza la mantiene en pie, asistiendo fielmente a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, donde se bautizó para entregarle a Dios los años que le quedan.
El Reclamo de una Guerrera Olvidada
A pesar de haber servido a la patria en casi todos los gobiernos del siglo pasado, el Estado parece tener la memoria corta.
Sotica sobrevive con una pensión de RD$10,000.00 heredada de su difunto esposo, una cifra que, en sus propias palabras, «no le da para nada».
»Trabajé en casi todos los gobiernos del siglo XX y quiero mi propia pensión», reclama con la autoridad que le dan sus canas y su hoja de vida impecable, una trayectoria que define como «sin tachadura alguna».
Para Sotica, el mundo moderno es un territorio extraño y hostil. Mira las noticias y sacude la cabeza ante el avance de las drogas y la inseguridad.
Para ella, los funcionarios actuales no alcanzan la talla de sus predecesores y la juventud camina por senderos perdidos.
«Estamos en los finales del mundo», advierte, mientras exhorta a los jóvenes a buscar de Dios como único refugio.
A sus 102 años, Sotica es un roble que se niega a doblarse. Es la última alcaldesa de una era que se desvanece, una mujer de temple que, entre oraciones y recuerdos de presidentes, espera que la justicia terrenal le llegue antes de que el Creador la llame a su presencia.